"Horrible. Convivimos con el terror. Varias veces, cuando nos ibamos a dormir, escuchamos cosas que nunca jamás vamos a olvidar", se sincera Alberto Berroa, vecino del barrio de Ituzaingó. Allí, a una calle de distancia del alambrado que demarca el comienzo del predio, se encuentra la ex Mansión Seré, uno de los centros clandestinos de detención y tortura más grandes que existieron en la Dictadura encabezada por Rafael Videla, entre otros, en 1976.
Casualmente, Alberto trabaja en el Gorki Grana, actual nombre del campo, dirigiendo las actividades deportivas para el grupo de jubilados. "Se requiere de una fuerza mental muy grande. Soy consiente de que acá se torturó gente. Pero también sé que hoy aporto mi grano de arena para que el olvido no le gane a la memoria", cuenta, con un tono de voz que alguna vez supo titubear.
"Que el olvido no le gane a la memoria", repite una y otra vez y en cada oportunidad con más hincapié. A partir del año 2000 funciona la casa de la Memoria y la Vida y la Dirección de Derechos Humanos, único caso en Latinoamérica de la recuperación de un espacio de muerte que se convierte en un lugar para modificar el presente y de proyección para construir un futuro distinto.
Las Fuerzas Aéreas, encargadas del establecimiento, debieron cerrar las puertas en 1978 y desaparecer el centro sin dejar ningún tipo de rastro. Claudio Tamburrini, Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García, detenidos en 1976, escaparon de sus celdas y se descolgaron desnudos y esposados desde una ventana del tercer piso. La mansión fue demolida e incendiada, aunque, para sorpresa de los militares, un muro con esqueletos de desaparecidos resistió el fuego y fue visto por todos los vecinos del barrio. "Yo me callé. ¿Qué querés que te diga? ¿Voy a denunciar a todos, a defender los derechos humanos? No había derechos humanos, no había justicia. Viviamos con pánico, seguro mayor al que tenía el resto de la gente porque sabíamos muy bien lo que pasaba ahí", se confiesa Teresa Tedeschi, una vecina de 55 años que, a juzgar por su aspecto físico, supera largamente los 60. Será que el tiempo que le tocó vivir con la muerte y el horror como vecino, le pesó.
El Gorki Grana se encarga de la recreación de personas que se acercan al lugar, como también de ser una de las sedes zonales en Morón de los Juegos Bonaerenses que se disputan todos los años. El complejo está compuesto por tres canchas de fútbol, una de softball, una pista de atletismo, dos de bochas y un campo de juego parcialmente techado de handball, no porque se haya desmoronado, sino que la obra jamás concluyó por falta de fondos. "Era uno de esos días soleados de verano y se estaba jugando la final zonal, pero de repente empezó a llover. El árbitro no se había dado cuenta porque estaba en la zona techada, entonces el arquero del equipo visitante empezó a gritar `está lloviendo acá´", recuerda a carcajadas Joan Manuel Do Carmo, ex jugador del Instituto Inmaculada, que, además, pide que resaltemos que en esa final su equipo venció a su clásico rival, el Crear y Ser.
Caminando por la calle Blas Parera aparece Beatriz, rubio de ojos celestes con cara de cansancio y la espalda encorvada, como si estuviera llevando una mochila muy pesada. Beatriz es una madre soltera, su es pareja decidió abandonarla luego de enterarse que estaba embarazada. Tiene que ir a buscar a su hijo al jardín, pero como salió con mucha anticipación se sumó a la charla y comentó que "si tuviera otro lugar en donde vivir, no lo dudo porque esta zona me pone la piel de gallina".
Sin dudas, hay personas que pudieron superar lo sucedido en esas 56 hectáreas en la época del gobierno militar pero, la otra parte, la mitad que vive con crueles imágenes dentro de sus cabezas, deberá acostumbrarse a vivir con los fantasmas del terror.
Santiago Parareda
sábado, 28 de noviembre de 2009
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